Dejar de escribir

Hubo una época en la que escribía. Poco, pero escribía. No les voy a decir que me encaminaba a recibir el Premio Cervantes o que soñaba con ser un tremendo columnista pero recuerdo el placer de compartir mis ideas. De éstas tampoco voy a decir que eran gran cosa pero ahí estaban.

Un día me detuve.

Después de años de escribir textos cortos, largos e incluso alguno que otro poema, dejé de redactar. En aquellos tiempos hacia todo con pluma y papel para después volcar las ideas terminadas al procesador de textos. Era un ejercicio mágico de garabateo y tachoneo que me ayudaba a tener un poco de claridad mental y a diferenciar lo importante de lo banal.

Durante mucho tiempo me he preguntado por qué dejé de hacerlo y la verdad es que me he dado a mi mismo un sinfín de respuestas. Falta de inspiración, falta de ideas completas, irrelevancia de temas, incapacidad de enfocarme y muchas otras. Y quizá todas estas razones han tenido su papel, pero tengo que reconocer que la protagonista es otra.

Miedo. Con honestidad hoy puedo decir que dejé de escribir por miedo.

Verán, cuando solía escribir era una adolescente cuyas ideas eran leídas por uno que otro amigo. Estoy hablando de la época en la que cada uno de nosotros tenía su propio blog y en realidad no existían formas sencillas de llevarle visitantes. Aquellos que no teníamos el apelativo de celebridad nos conformábamos con escribirle a nuestros seres queridos y uno que otro navegante perdido de la Internet. Eran los tiempos antes de Facebook y de Twitter, en los que la gente más sofisticada tecnológicamente se suscribía a RSS, pero también una era en la que las ideas se transmitían a velocidades más controladas.

Conforme crecí y avanzó la tecnología, el mundo y yo cambiamos. Éste se volvió más abierto y conectado, mientras que yo me convertí en alguien con opiniones más fuertes y en constante interacción con personas poco conocidas. Mientras que antes tenía a 10 o 15 amigos suscritos a mi RSS, ahora tenía miles de amigos y seguidores en redes sociales.

Más que emocionarme, esto me trajo toda serie de miedos. En particular, me volví consciente de que algunos podrían estar en desacuerdo con mis ideas y criticarlas, lo cual me parecía aterrador. Quizá suena ridículo, pero hoy puedo ser sincero y reconocer que no volví a sentirme cómodo escribiendo. Los periodistas y personas famosas deben estar riendo de mi en este momento, pues saben que sus líneas las leen millones y seguramente han aprendido a estar en paz con los detractores. Sin embargo, para mi este sentimiento era completamente nuevo y hasta el día de hoy no lo había reconocido.

Pero se acabó. Hoy he decidido volver a escribir, simplemente que ahora lo haré – como antes lo hacía – para mi y para algunos otros que me caen bien. Es más fácil así y no tengo porque hacerme la vida difícil.

Siento una necesidad tremenda de contarle a esos pocos de siempre lo que observo y lo que pienso.

Era lindo hacerlo.

César Salazar

Partner @ 500 Startups

I design communities, businesses and products

Share this on